Cuando se habla del aire de una sala blanca aparecen siempre dos términos: filtros HEPA y ULPA. Son la barrera final que retiene las partículas justo antes de que el aire entre en la zona limpia, y la diferencia entre uno y otro no es de marketing: marca qué clase de sala se puede sostener. Esta guía explica qué es cada filtro, en qué se diferencian, dónde se instalan y cómo se comprueba que funcionan, para que puedas leer una propuesta técnica con criterio y no solo por precio.
¿Qué es un filtro HEPA?
Un filtro HEPA (del inglés High Efficiency Particulate Air) es un filtro de muy alta eficiencia diseñado para retener partículas en suspensión de tamaño muy pequeño. En el contexto industrial y de salas blancas no es una etiqueta comercial: es una categoría con clases definidas por norma. Las que se ven en salas blancas son sobre todo H13 y H14, donde un número mayor indica más eficiencia de retención.
El medio filtrante es un papel de microfibra de vidrio plegado para ofrecer una gran superficie en poco espacio. El aire lo atraviesa y las partículas quedan atrapadas por varios mecanismos físicos a la vez (intercepción, impacto y difusión), no por un simple efecto tamiz. Por eso un HEPA retiene también partículas más finas que el propio poro del medio.
Conviene fijar una idea desde el principio: el HEPA de una sala blanca no tiene que ver con el “HEPA” de una aspiradora o un purificador doméstico. La eficiencia real de cada filtro y sus condiciones de uso vienen en la ficha del fabricante y en la norma de clasificación aplicable; aquí no tiene sentido dar un porcentaje cerrado, porque varía según la clase del filtro y el tamaño de partícula de referencia.
HEPA frente a ULPA: la diferencia
Un filtro ULPA (Ultra Low Penetration Air) es, en esencia, un escalón por encima del HEPA: mayor eficiencia de retención, especialmente sobre las partículas más finas, las que más cuesta capturar. Comparte el mismo principio de medio plegado, pero está construido para dejar pasar todavía menos partículas que un HEPA.
La diferencia práctica se resume en dos puntos:
- Eficiencia sobre partículas muy finas. El ULPA retiene una fracción mayor de las partículas más pequeñas. La magnitud exacta la define la norma de clasificación de cada filtro, no una cifra genérica.
- Coste y caída de presión. A mayor eficiencia, el aire encuentra más resistencia al atravesar el filtro. Eso suele traducirse en más consumo energético del sistema de aire y, normalmente, en un filtro más caro. No es un “mejor siempre”: es la herramienta para las salas más exigentes.
La consecuencia es directa: no se elige ULPA porque sea “superior”, sino porque la clase objetivo lo pide. Para la mayoría de salas, un HEPA bien dimensionado es suficiente; el salto a ULPA se reserva a los entornos más críticos.
Dónde se instalan en una sala blanca
Un error frecuente es imaginar el filtro como una caja en una esquina del sistema. En una sala blanca el HEPA o el ULPA es el filtro terminal: va en el punto de impulsión, lo último que atraviesa el aire antes de salir al techo o a la pared de la zona limpia. Esa posición es lo que garantiza que el aire que llega a la sala ya está filtrado, sin recoger contaminación por el camino.
No se instalan en cualquier sitio ni de cualquier manera. La cantidad de filtros, su reparto en el techo y el caudal de aire que pasa por cada uno los calcula la ingeniería en función de la clase: una clase más exigente necesita más renovaciones de aire por hora y, en las zonas más críticas, flujo unidireccional (laminar), una cortina de aire filtrado que baja de forma uniforme sobre el producto.
Por eso la elección de filtro no es independiente del resto del sistema. Va de la mano del dimensionado del aire, la cascada de presiones y el control de la sala. Es el núcleo del servicio de climatización y filtración HEPA: no se compra un filtro, se dimensiona un sistema de aire alrededor de una clase objetivo.
El ensayo de integridad del filtro
Que un filtro sea H14 o ULPA sobre el papel no basta: hay que demostrar que, ya instalado, ni el medio filtrante ni su marco tienen fugas que dejen pasar aire sin filtrar. Esa comprobación es el ensayo de integridad in situ, conocido por el aerosol que se utiliza: DOP/PAO.
El procedimiento, a grandes rasgos, consiste en introducir un aerosol de prueba aguas arriba del filtro y rastrear con una sonda la cara limpia y el sellado, buscando puntos por donde escape concentración por encima del límite admisible. Si aparece una fuga en el marco o en una junta, se corrige; el filtro no se da por válido hasta que el ensayo pasa.
Este ensayo no es opcional ni puntual: forma parte de la cualificación de la sala y se repite de forma periódica para mantener el estado. Los criterios de aceptación y el método los fija la norma aplicable —la familia EN ISO 14644, cuya versión conviene verificar—, y los resultados quedan documentados. La integridad de filtros es uno de los ensayos que entran en la certificación y cualificación de una sala blanca, junto con el recuento de partículas y la comprobación de presiones y flujos.
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